Pues sí, este es el lugar donde vivo. ¿Sorprendido? Siéntate, hombre. Te sirvo un trago.
No estoy tan rota, todavía me alcanza para una botellita de brandy y unas cocas. Venga, brindemos.
Por los viejos tiempos y los buenos tiempos. Por que nunca sean la misma cosa y tengamos vida para seguirnos riendo. Salud.
¿Qué dice el mundo de los poderosos? A tí siempre te sentó bien ese saco. Te divertías mucho con las grillas y esas cosas, ¿no? Para ser honesta, yo no las extraño nada.
En ese balcón desayuno todos los días. Observo al viento vestirse de polvareda y revolcarse en la ropa limpia de los tendederos. Muy temprano pasan algunos trabajadores y se van riendo como si no fuera lunes o si no les esperara una jornada de perros. En ese mismo balcón encuentro suficientes razones para entusiasmarme.
Pues sí, a veces hay días difíciles. No siempre hay agua, no siempre hay pan, no siempre hay vino. Pero cuando hay lo hay sin ataduras.
Es cierto. Creo que jamás podré conocer Florencia ni me compraré el anillo de Tiffany's que me gustaba tanto. ¿Te acuerdas? Sí, pero esas cosas no pagan la divertida que me meto cada sábado en el mercado, o por las tardes en el balcón, cuando escucho al Sr. Memo regañar a su hija por "andar saliendo con muchachos sin oficio ni beneficio".
¡Ah, lo leíste! Pues sí, se ha vendido algo. Alguien dijo que era uno de los mejores libros del año, pero a mí me tienen sin cuidado las lisonjas. Siempre me dejan mal sabor de boca. Son como una burla, una moneda en la calle para que bailes. Qué bueno que les gustó, digo, ya seremos dos -o más.
Pero ya te platiqué mi vida entera y de tí no sabemos nada. ¿Qué te trajo de vuelta?
Sé que se me nota, pero intento disimular que no has dicho lo que has dicho. ¿Vendrías al balcón conmigo? Dime, qué se siente.
Si me prometes este balcón todos los días, acepto.